Sólo escribo sobre lo que me toca, sólo escribo sobre lo que me duele, lo que me hace feliz, lo que me extasía, lo que me maravilla, lo que me inspira o lo que me atemoriza. Y hoy escribo sobre él.
Es curioso que la noticia de su muerte me haya tocado de esta manera, si lo único que tengo de él son sus libros.
De pronto escuchas: “Son las 10:09 de la mañana y tenemos el triste deber de informar del fallecimiento, hace más de una hora, de Alfredo Bryce Echenique”, y entonces piensas: se murió.
Y lo primero que recuerdas son los libros que leíste.
Entonces recordé mi infancia, con sus libros entre mis piernas mientras sostenía un chupetín en mi boca, en una tarde en que el sol entraba por mi ventana y yo devoraba, con mi mente hambrienta, El huerto de mi amada: esa expresión del amor casi obsesivo de Carlitos, perdidamente enamorado de Natalia, una mujer mucho mayor que él, en medio de la decadencia de la aristocrática sociedad limeña de antaño.
O la primera vez que llegó a mí su libro La amigdalitis de Tarzán y, sólo viendo el título, pensé que el autor era un bromista de mal gusto que, casualmente, despertaba mi curiosidad. Y terminó envolviéndome con la historia de amor que narraba.
Y ahora ya no está. Ya no podrá crear ni escribir más. Ya no tendremos cosas originales de él.
Pero entonces eres consciente de algo más, como una enorme revelación: un escritor es inmortal.
Las personas que crean cosas desde el sentimiento son inmortales, porque pueden ser leídas e interpretadas hasta el fin de los tiempos. Su alma queda impresa en sus obras; en el caso de los escritores, en los libros.
Sólo los seres humanos capaces de sentir en tal magnitud son capaces de plasmar obras que los sobrevivirán en el tiempo.
Y entonces mi tristeza se disipa para convertirse en esperanza y, en medio del shock de la noticia, pienso que tal vez, sólo tal vez, debo volver a leer una vez más Un mundo para Julius y recordar la gran capacidad de este escritor para retratar, de manera casi radiográfica, los matices de la sociedad limeña y las brechas sociales entre sus personajes, saboreando cada una de sus palabras como si él aún estuviera entre nosotros.
Porque lo cierto es que eso es verdad: él no ha muerto, sigue aquí.
Y entonces, sólo entonces, comprendo que esa es la misión de un escritor: sobrevivirse a sí mismo a lo largo del tiempo y que alguien —o muchas personas— algún día cojan su libro y piensen, y entiendan, y se metan, o al menos intenten meterse por un momento en el mundo creado para el lector.
Sólo tengo que decir: gracias y hasta pronto, querido Bryce.
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