Altamar

Altamar

Se lanzaron los tiburones sobre mí, mientras mi cuerpo iba a la deriva en el agua del vasto océano, empezaron a pelearse por cada pedazo de mi alma. ¿Iba a dejarme morir así? Era mas bien el suculento trozo de carne listo para un banquete. Mi mente me dijo –Déjate morir, deja ya de intentarlo-Mientras veía como los tiburones cual bestias insaciables de lanzaban a mi cuerpo. 

Había caído de la barca mientras el barquero remaba y nadie lo había notado-¿Caíste o te lanzaste o te lanzaron? - Me cuestionó mi mente. 

-Déjame tranquila-Le dije. No moriré así, ahora no hay barquero para defenderme de los tiburones, no cuento con brújula para guiarme, pero no moriré aquí, eso tenlo por seguro

A lo que mi mente respondió-No sobrevivirás, si intentas nadar así malherida como estás atraerás a más tiburones que olerán tu vulnerabilidad. 

Sentía el agua fría debajo de mi cuerpo, el chaleco flotador me permitía estar sobre el agua un poco más, traía los labios secos y completamente deshidratados, el sol me quemaba la piel. 

-No sobrevivirás, mejor deja que estos tiburones hambrientos se alimenten de ti-Siguió insistiendo mi mente que se había convertido en una chiquilla malcriada e intentaba matarme lentamente. 

Dejé de escucharla, miré al cielo, el cielo azul intenso, sentí el agua y los tiburones alrededor mío dando vueltas, se habían calmado, era como si esperasen que yo tomase una decisión. 

-No moriré- Susurré con mis labios resecos. 

- ¿Qué planeas hacer? ¿nadar? No eres capaz de nadar, ¿Qué te espera en la civilización? ¿Quién te espera? ¿para qué y por qué vivir? Mejor deja que ellos se alimenten de ti. 

-No moriré- Volví a repetir entre susurros-Y tampoco dejaré que mi cuerpo sea parte de un festín-No importa lo que se diga de mí, protegeré mi alma y mi cuerpo porque esta es la mujer que soy y si he de protegerme de los tiburones, lo hare contigo de mi lado

- ¿Conmigo de tu lado? -Preguntó mi mente con tono curioso.  

-Así es, mira a tu alrededor solo he visto la aleta de un tiburón dando vueltas por aquí, los demás me han dado por muerta y se han ido, permanecer en silencio y en quietud ha permitido a esas bestias creer que he muerto y en lugar de alimentarse se han alejado. Traigo aún el cuchillo que robé del barquero y aún tengo fuerzas para defenderme, no dejaré que los tiburones usen mi cuerpo y tampoco que tú contamines mi alma. 

- ¿Has perdido la cordura? Eres una mujer y una mujer jamás ha sobrevivido a un ataque de tiburón frente a frente. 

- ¿Acaso olvidas que he sobrevivido al mundo? Y debo volver allí adonde pertenezco, al mundo mismo. Es hora de recuperar la razón así que cállate. 

Cogí el cuchillo y me abalancé sobre el animal, pude sentir sus colmillos y dentro del agua su aspecto se veía completamente terrorífico, no podía adivinar que había allí abajo mío o si el ataque atraería a más tiburones, pero había decidido creer que sobreviviría. 

Sentí el filo del cuchillo traspasar el cartílago duro y a la vez gelatinoso, sentí como si mis manos resbalaran por el cuerpo del animal que se balanceaba con fuerza mientras yo lo cogía con mis piernas y mis brazos y girábamos juntos en el agua, mientras yo tragaba sal y sangre. No sé cuánto tiempo duró el forcejeo, pero pronto todo se calmó y solo vi alrededor mío una enorme mancha de sangre. 

-Es hora-dije y empecé a nadar con todas mis fuerzas. 

-Morirás en el intento, no sabes a cuánto tiempo de la orilla más cercana estás- Me increpó mi mente. 

-Cállate- le respondí mientras braceaba con fuerza. 

-Hay una orilla cercana, hay una orilla cercana, me repetía lentamente a mí misma. 

Pasaron, horas o minutos no lo sé solo empecé a sentir el entumecimiento en los brazos y aun no veía orilla alguna, solo océano y más océano rodeándome por todas partes, mucha agua y yo con tanta sed. 

- ¿De que vale la pena vivir? Probablemente morir aquí es tu destino, deja de intentarlo. Ya probaste que no hay orilla chilló mi mente 

-Cállate -Volví a repetir. 

Y apagué mi mente para nadar, nadé tanto como pude, nadé hasta sentir que ya había dejado de mover mis extremidades. Me paré en seco, y me dejé llevar por la corriente mientras me balanceaba en el chaleco salvavidas. 

-Tu ganas mente, me rindo-Le dije con un susurro y me dejé a la deriva dejando de nadar contra corriente. 

-Te lo dije- pareció decirme mi mente con un tonito burlón

-¡Me rindo! ! ¡Me rindo! Grité con todas mis fuerzas y en ese instante todos los tiburones se acercaron a mi para alimentarse. 

- ¿Qué tal esta tu avena? ¿En qué piensas? Me preguntó el pescador sentado a mi lado con curiosidad. 

-Oh, está muy buena, finalmente algo rico que beber- le respondí con una sonrisa. 

- ¿En qué pensaba? La vi perdida entre sus pensamientos- Me siguió cuestionando el hombre.

Miré al viejo anciano de barba blanca, miré su mirada llena de gentileza y le dije: 

-Pensaba que hubiera pasado conmigo si me hubiera rendido y hubiera dejado de nadar. 

 

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