Mi madre


 

Este artículo está dedicado a mi madre, y no tiene que ser un día especial para escribir sobre una madre. Ella tiene ese tipo de fortaleza dulce que te desarma. Mi madre no es el tipo de madre aguerrida que te enfrentará vociferando o explotará; ella es más bien dulce como un manantial. Ella sabe doblegar la roca más fuerte con su dulzura. Siento que muchas veces su vulnerabilidad me ha parecido una debilidad. Sin embargo, entiendo que detrás de esa mujer vulnerable hay mucha fortaleza, y es esa fortaleza que no se grita; es una fortaleza que se siente. No es el tipo de fortaleza que se ensaya o se exhibe, es una fortaleza que se encarna.

No puedo contar las historias de mi madre, porque solo su corazón las conoce, pero entiendo que, como todo ser humano, tiene su historia, y esa historia no la volvió una mujer más dura, ni siquiera cuando mi padre murió. Ella siempre ha sido, por decirlo así, un bambú que se mece al viento y que te enseña y forma desde la dulzura, porque esa es su manera de amar.

Siento que mi madre es el reflejo de todo lo que habita en mi interior y no me atrevo a aceptar, y que su vulnerabilidad es precisamente su mejor fortaleza. Mi madre es el tipo de mujer que no se queja, no grita, no pierde el control; es más bien la fortaleza más dócil que he conocido. No es porque sea mi madre, pero esa mujer tiene alma de ángel, y ni qué decir de su compasión para los demás. Siento que la razón de ser de ella es que olvida las ofensas y siempre tiene la mano abierta, incluso para quien en algún momento la despreció. La ausencia de rencor en su corazón es una de las cosas que más admiro de ella, y también su orgullo. De ella he aprendido todo sobre Dios, la religión y el buen proceder humano. Dicen que se predica con el ejemplo; mi madre nunca me dio sermones sobre cómo comportarme, ella me lo demostró.

 


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