En un mundo tan materialista que nos deslumbra con la magia del lujo —y no
digo que ser materialista sea malo ni desprecio el lujo; mi querido lector, soy
una amante del lujo y la riqueza material, ojo con ello—, pero en un mundo de
personas más interesadas en lo material que en lo espiritual, quiero, a través
de este escrito, exhortarte a la rebeldía.
Pero no cualquier tipo de rebeldía. No te incito a quemar llantas en
protestas, ni a pintarte el cabello de azul, ni mucho menos a desnudarte frente
al Louvre. Te invito a tener un tipo de rebeldía distinto: una rebeldía que
acepte que nos gusta la buena vida y las cosas mundanas; una rebeldía que
abrace nuestra afición por el sexo sudoroso y un buen banquete; una rebeldía
que nos permita ser un poco soberbios, un tanto avariciosos, un poco
lujuriosos, algo golosos y, ¿por qué no?, tantito perezosos.
Pero no me malentiendas. Esta rebeldía de la que te hablo es una rebeldía
bastante distinta, porque te invita a aceptar toda la oscuridad en tu interior
y a abrazar un poquito de ella como parte de ti. Pero, al mismo tiempo, en
compensación, te pido que reconozcas el otro lado detrás del «pecado». En otras
palabras, te pido que aceptes que eres tanto luz como oscuridad. Y eso, eso, mi
querido lector, no está nada mal, porque resulta que no hay nada de malo en
ser, al mismo tiempo, luz y oscuridad, pues somos precisamente esa dualidad.
Si podemos aceptar nuestra oscuridad, ¿por qué no podemos aceptar nuestra
luz?
Y si nuevamente vuelvo al inicio, en una sociedad como esta, te invito a ser
tan rebelde que, en un mundo de corazones rotos, amantes frustrados y rechazos,
tú sigas creyendo en el amor. Pero no cualquier amor, no. Quiero que seas
sumamente rebelde; quiero que creas en el amor romántico, en ese que regala
rosas, en ese amor que te escribe un libro dedicado, en ese amor capaz de
escucharte en silencio mil veces la misma historia solo porque sabe lo mucho
que te gusta contarla, en ese amor que siempre pensará bien de ti y te
escribirá poemas, en ese amor que construye jardines en honor a su amada, en
ese amor capaz de dejar un Taj Mahal para inmortalizarte. Quiero que sigas creyendo
en el amor que lo cura todo, incluso ese corazón roto que alguien te dejó.
Te doy permiso para sentir todos tus deseos pecaminosos y abrazarlos, pero
también quiero que reconozcas que, si puedes abrazar tu egoísmo bajo la falsa
filosofía del «amor propio», ¿por qué no puedes abrazar tu bondad?
Sé jodidamente rebelde, que no te dé miedo amar con el alma abierta. Sé tan
jodidamente rebelde que no te dé miedo ayudar sin esperar nada a cambio. Sé tan
jodidamente rebelde que la sociedad empiece a pensar que perdiste la cabeza
mientras tú sigues hablándoles de amor romántico en pleno siglo XXI. Sé tan
jodidamente rebelde que las personas se pregunten cómo, después de un corazón
roto, tú sigues creyendo en el verdadero amor. Sé tan jodidamente rebelde que las
personas a tu alrededor empiecen a pensar que, en verdad, eso sí es posible.

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