Leí La Odisea cuando era apenas una niña de once años. Encontré el
libro en la biblioteca de mi casa y, sinceramente, en ese momento podría decir
que no presté atención a muchos detalles. Y es que La Odisea es un
libro que puede ser leído y releído infinitas veces y, aun así, encontrarse
aspectos nuevos que analizar. En esta ocasión, me limitaré al aspecto puramente
carnal, mi querido lector.
Porque son tres las fuerzas que impulsan la acción humana: el sexo es la
primera fuerza, el amor es la segunda y la tercera no me acuerdo. Pero, desde
mi perspectiva, las dos primeras fuerzas fueron las que rigieron y dieron valor
al héroe ficticio Odiseo para regresar a casa con su amada Penélope, quien lo
esperó virginal en el palacio, rodeada por un montón de pretendientes que
ansiaban el trono y, con él, a la reina.
Porque, claro que sí, mi querido lector, mientras Penélope esperó durante
veinte años y resistió los últimos tres a sus ansiosos pretendientes, tejiendo
y destejiendo un sudario fúnebre, Odiseo luchaba por regresar a casa y se
encamaba —bueno, mejor dicho, copulaba— con la hechicera Circe. Y, no contento
con eso, se convirtió en el amante de Calipso. Me dirás que no es su culpa
porque Calipso lo encantó, y estaré de acuerdo contigo; no ataquemos al buen y
abnegado héroe de Homero. Pero todo eso, claro, pasaba mientras la abnegada y
virginal Penélope esperaba, rodeada de complots para arrebatarle el trono de
Ítaca.
Todo ello me hace preguntarme, mi querido lector: ¿y qué tal si la que
hubiera caído en manos de un dios hubiera sido Penélope, quien hubiera
permanecido encantada por ese dios durante siete años mientras Odiseo luchaba
por regresar? ¿Y qué tal si Penélope hubiera disfrutado de los placeres
sexuales de otro cuerpo, el cuerpo de un dios musculoso y portentoso, mientras
esperaba a su Odiseo, sabiendo, eso sí, que él era su único y verdadero amor?
¿Habrían sido los lectores igual de permisivos con los pecadillos carnales de
Penélope como lo fueron con los pecadillos carnales que cometió nuestro héroe
ficticio mientras vivía una idílica luna de miel con la diosa Calipso durante
siete años?
También me gustaría pensar qué habría pasado en el libro cuando Penélope, al
retorno de Odiseo, le hubiera preguntado a su amado: «¿Qué andabas haciendo los
últimos siete años antes de volver conmigo?». Y él le hubiera contado de su
pérdida de memoria en la cama de Calipso. O qué tal que, a su regreso, Odiseo
se hubiera enterado de que su esposa también perdió la memoria, como él, y se
acostó con un dios durante siete años. ¿Habría sido Odiseo igual de permisivo
que Penélope con él?
No podemos quitarle el mérito al libro como tal ni a las peripecias del
héroe de Ítaca por regresar a su tierra. Claro que es un relato épico;
ciertamente, eso es lo atrapante. Pero la obra, de manera implícita, está
movida por las dos fuerzas que te mencioné al inicio: el amor y el sexo. El
sexo hizo que Odiseo cayera en los brazos de Circe y Calipso, y el amor hizo
que retornara con Penélope.

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